A través de los documentos del Archivo Metropolitano podemos conocer y entender la cotidianidad de Quito en los siglos pasados, esta vez nos enfocaremos en el control de las enfermedades y la higiene a principios del siglo XIX. Se sabe que, con los españoles también llegaron a estas tierras una infinidad de enfermedades desconocidas con las que la Corona tuvo que lidiar a lo largo de su reinado en América, enfermedades como viruela, influenza, difteria, paperas, sarampión que a causa de la falta de inmunidad de los nativos ocasionó un alto índice de muertes. Una de las maneras de combatir estas afecciones era recurrir a vírgenes y santos para que intercedan por la población; esta tradición, también heredada de los españoles, se popularizó en todos los territorios coloniales.

En octubre de 1818, Quito atravesó una fuerte epidemia, para combatirla fue necesario trasladar a la Virgen de El Quinche a la ciudad para ofrecerle novena, misa, procesión y fiesta, ya que era venerada como protectora de la peste. Los eventos litúrgicos se llevaron a cabo en el Monasterio del Carmen Bajo donde llegó la imagen y luego fue trasladada a la Catedral. Estas rogativas a la Virgen y otros santos se repitieron en 1820 para enfrentar las enfermedades y luego en 1821 a causa de una fuerte peste. Para 1822, con la mentalidad heredada del castigo divino, aún persiste la devoción y creencia en el poder sanatorio de los santos, el 7 de febrero se iniciaron rogativas a la Virgen de la Merced para que calme la peste y demás males que aquejaban a la ciudad.

A más de la afección a la vida de los ciudadanos, las enfermedades significaban una reducción en la economía local y la convulsión provocaba un cambio en la vida cotidiana de los vecinos. Para hacer frente a estas problemáticas no era suficiente la intercesión divina, también se debía confiar en los médicos. Es el caso de Camilo Marchiso funcionario del cabildo desde 1821 para atender y curar a los enfermos pobres y hacer visitas a hospicios como el de San Lázaro, por este trabajo recibía 300 pesos anuales; sin embargo, para 1822 fue destituido de su cargo por incumplimiento.

Una de las principales afecciones era la viruela, para combatirla fue crucial la vacunación, esta se hacía de brazo a brazo para trasladar la inmunidad de un paciente a otro que aún no la tenga. Este procedimiento se oficializó con un corpus operativo conformado por un oficial de vacuna, que para 1822 fue Joaquín Santa Cruz, y un conservador de la vacuna Carlos Salazar, cada uno recibía aproximadamente 600 pesos anuales por su trabajo. Posteriormente, no existen fuertes episodios epidemiológicos hasta 1824, año en el que mediante informe de Cabildo se conoce que se ha perdido la vacuna y la viruela empezaba a dar estragos en la población, fue necesario trasladar la vacuna a la capital desde Guayaquil después de haberla aplicado a cuantos pueblos estén a su paso.

El documento que hoy nos compete de 1824, muestra un episodio de peste y, a más de las rogativas a los santos, se establecen ciertos medios para combatir la enfermedad. Algunas de las acciones planteadas son: “se introduzca en la ciudad partidas de ganado vacuno y lanar para que trotando por las calles disipasen la infección del aire; que se prohíba el uso de licores cálidos; que no se permita la introducción de ropas extranjeras, sin que se haga constar que fuera de la Provincia se han abierto los fardos para su ventilación”. Estas medidas resultan insuficientes para los médicos tras entender que la falta de higiene, ventilación y hábitos de limpieza enferman a los pobladores o agravan las enfermedades ya existentes.

De acuerdo con los entendidos muchos padecimientos tenían origen miasmático, es decir, a partir de la emanación de vapores perjudiciales para la salud como el de los enterramientos en las Iglesias. Por ello, uno de los proyectos de salud pública más importantes para 1824 fue contar con un panteón para terminar con los enterramientos dentro de los templos. Los males se agravan con el mal manejo del agua y los desperdicios, la convivencia con los animales, malos hábitos alimenticios y diversas conductas que degeneran la salud. El Cabildo procuró conducir el agua desde el Pichincha hacia la ciudad para que corra por las calles, las bañe y “riegue las inmundicias” para, de este modo, intentar frenar el mal que aqueja a la población. La higiene era un tema que preocupaba a las autoridades, el control de la basura y los desechos en las casas era una de las principales razones para la continuidad y agravamiento de las enfermedades, únicamente el control y cambio de hábitos serían los caminos para frenar estas problemáticas.



Más historias

Escribe un mensaje